El podcast dedicado a todo lo que tenga que ver con correr, nadar y pedalear
Daniel Ceán-Bermúdez
@daniel_cean

Los históricos ‘Millrose Games’ no resultan tan glamorosos desde que no se disputan en el legendario ‘Madison Suare Garden’. Sin embargo, las mucho más modestas instalaciones de ‘The Armory’, en el norte de Manhattan, han tenido la virtud de mantener una tradición que estuvo cerca de perderse cuando, hace unos años, las cuentas empezaron a no cuadrar y mantener la competición en el lujoso recinto situado hoy día en la séptima avenida se convirtió en inviable para los organizadores del evento. Porque, romanticismos aparte, hacía tiempo que las tribunas del actual y enorme Madison estaban más vacías que llenas cada vez que a principios de febrero se disputaba la veterana reunión atlética. Lejos quedaban los tiempos en que la presencia de Paavo Nurmi en el Madison original atraía a la flor y nata de la sociedad neoyorquina en los años veinte. Y lejos estaba ya también la época dorada de los ‘Millrose Games’ en los años posteriores a la segunda guerra mundial, cuando la carrera de la milla, la ‘Wanamaker mile’, era el acontecimiento estrella de una reunión que se llegó a conocer como las ‘olimpiadas de Broadway’, dada la cantidad, variedad y calidad de las competiciones que incluía en su apretado programa.

Sin embargo, aunque ahora no atraigan tanto público ni tanta atención mediática como en los años cincuenta, hace escasas fechas, el pasado 9 de febrero, los ‘Millrose Games’ en general, y la ‘Wanamaker Mile’, en particular, estuvieron cerca de volver a entrar por derecho propio en la historia del atletismo como escenario de la consecución de un record del mundo. Un record, además, muy especial por el mucho tiempo que lleva vigente y por el atleta que lo consiguió entonces. Un record que, por cierto, no es el único de ese año y ese mismo atleta que se mantiene en lo más alto de las listas de plusmarcas de pista cubierta sin que nadie haya logrado batirlo desde entonces. De hecho son dos, el 3:31.18 en los 1500 metros y el 3:48.45 en la milla. Ambos datan de hace más de veinte años y tienen a su lado en el ranking el nombre de Hicham El Gerrouj.

La doble hazaña del fabuloso mediofondista marroquí se produjo a principios de febrero del 1997, aunque casi se puede decir que, al menos en lo que a la primera marca se refiere, tiene su origen unos cuantos años antes. En 1992, recién cumplidos los 18 años de edad, El Gerrouj fue el tercer clasificado en la final de los 5000 de los campeonatos del mundo Junior celebrados en Seul. En lo más alto del podio de aquella carrera estaba el mismo corredor que había ganado el día anterior la final de 10000. Un joven etiope, de nombre impronunciable, que en la prueba de los diez kilómetros se había impuesto en los últimos metros, para desesperación del líder hasta ese momento, el keniara Machuka, quien no tuvo mejor idea que darle una colleja como modo de desahogar su frustración por perder una carrera que creía ganada. El sonriente etiope que recibió el golpe y las dos medallas de oro en dos días consecutivos era Haile Gebrselassie. Y en los años siguientes extendió a la categoría senior su dominio de las pruebas de fondo.

Quien sabe si viendo lo que estaba venir, tras haber acabado tercero en aquel 5000 de Seul o, simplemente, porque sus condiciones físicas se adaptaban mejor a distancias más cortas, El Gerrouj empezó casi simultáneamente a escalar también a lo más alto de los rankings, en su caso en las competiciones de mediofondo. Menos de tres años después, en 1995, ya era campeón del mundo de 1500 indoor en Barcelona, con sólo veinte de años edad, y subcampeón del mundo al aire libre ese mismo verano, tras la gran estrella de la época, el argelino Nourredine Morcelli. Unos meses después, en el 96, El Gerrouj ya estaba entre los favoritos al título en el 1500 de los Juegos Olímpicos de Atlanta. Desafortunadamente para él, y probablemente también para Fermín Cacho, una caída a falta de apenas una vuelta le dejaba sin opciones de presentar batalla a Morcelli, que logró el oro por delante del español, a quien el traspiés del marroquí hizo perder contacto con el argelino justo en el momento clave de la carrera. Para el marroquí, duodécimo en la meta, fue uno de esos típicos casos de ‘lo que pudo haber sido y no fue’, confirmado al mes siguiente cuando, en Milán, consiguió lo que nadie había logrado en cuatro años, ganar a Morcelli en un 1500.

Así que, cuando se inició la temporada del 1997 con las competiciones de pista cubierta, se puede decir que el relevo en la cúspide del mediofondo mundial se estaba produciendo. El reinado de Morcelli se acercaba a su fin y el nuevo monarca iba a ser El Guerrouj. La confirmación de que el marroquí se disponía a asaltar el trono del argelino llegó en una carrera celebrada el 2 de febrero en la ‘Sparkassen Cup’ de Stuttgart. Un 1500 en el que El Guerrouj se encontró, además, con aquel etiope que le había ganado en el 5000 junior de Seul cinco años antes y que, en ese lustro, derrotó a muchos otros más en casi cualquier carrera en la que tomó parte, Haile Gebrselassie.

Como suele ser habitual en este tipo de mítines atléticos, la prueba del 1500 se planteó con el objetivo de lograr la mejor marca posible a base de utilizar liebres que impusiesen un fuerte ritmo desde la salida. Pensar en que se pudiera batir el record mundial, que ostentaba Morcelli con el 3:34.16 conseguido en Sevilla seis años antes, no parecía posible, pero la presencia del campeón olímpìco de 10000 y de la estrella emergente del 1500 aseguraba que, al menos, se vería una buena carrera y, a buen seguro, un crono más que notable para el ganador. Con la atención de las cámaras centrada sobre todo en el etíope, la prueba partió rápida desde la salida. El primer cuatrocientos se pasó en 55.55, con El Gerrouj por delante de Gebrselassie y los dos pegados a los tres atletas que tenían como misión lanzar la carrera. De ese trío ya sólo quedaba uno, con el marroquí y el argelino siguiendo su estela, cuando se alcanzaba el ochocientos en 1:52.30. Apenas cien metros más tarde, la última de las liebres dejaba ya paso a los dos africanos, siempre con El Gerrouj precediendo a Gebrselassie.

Restaban tres vueltas y ya no había marcha atrás para el marroquí, que apretaba de firme, dispuesto a evitar que el etiope llegara junto a él a los metros finales. El mil doscientos lo cruzaba en 2:49.27 y ligeramente destacado. Poco a poco, la larga zancada de El Gerrouj abría hueco poco a poco pese a la innata capacidad de Gebrselassie para resistir los ritmos más exigentes. Al toque de campana, que sonaba apenas tres minutos y tres segundos después del disparo de salida, la diferencia entre primero y segundo ya era de varios metros y no había duda de quien iba a ganar la carrera. Además, el ritmo de El Gerrouj no decaía en absoluto. Si conseguía completar la última vuelta en menos de treinta y dos segundos el record del mundo sería suyo. Un tiempo más que a su alcance viendo como avanzaba, con paso firme y sin disminuir ni un ápice su velocidad a la vez que aumentaba cada vez más la diferencia respecto a su ilustre rival. Empujado por el aliento del público y por su enorme fuerza interior, Hicham completaba el giro final en apenas veintiocho segundos para detener el crono en un fabuloso 3:31.18 que rebajaba el tope de Morcelli en casi tres segundos. Un registro extraordinario, conseguido en una carrera fantástica contra un rival del máximo nivel. Porque, aunque el 1500 no fuese su distancia, Gebrselassie había plantado cara y su presencia debió servir, sin duda, de acicate extra para El Gerrouj en busca de extraer de su cuerpo hasta el último gramo de fuerza, sin guardarse nada por mucho que el patrocinador del mitin fuese una caja de ahorros.

Imágenes del 1500 de la Sparkassen Cup de Stuttgart en 1997

A los diez días, en Gante, El Gerrouj tomaba parte el 12 de febrero en la carrera de la milla incluida en el programa del mitin de Flandes. Iba a ser su primera experiencia ‘indoor’ en la distancia anglosajona por excelencia. Y entre los rivales no había nadie que pudiera soñar siquiera con hacerle sombra. Ahora era él quien atraía toda la atención de prensa y público. Esta vez el record a batir, porque una vez logrado el de 1500, El Gerrouj no se conformaba y buscaba el de la milla, era bastante más antiguo pero no por ello más fácil, casi se puede decir que al contrario. Se trataba del último de los conseguidos por el fabuloso Eamonn ‘the chairman of the boards’ Coghlan, el gran jefe de la pista cubierta entre mediados de los setenta y finales de los ochenta. El irlandés había puesto su nombre por primera vez en lo más alto del ranking de la milla indoor en 1982 con el 3:52.6 logrado en San Diego en febrero de 1979. Dos años después, en el mismo escenario, había rebajado su propia plusmarca en dos segundos exactos con un 3:50.6 que marcaba el camino hacia la siguiente barrera después de que la de los cuatro minutos hubiese caído a pies de Jim Beatty en 1962. Un camino que Coghlan era el primero en transitar cuando el 27 de febrero de 1983, en East Rutherford, Nueva Jersey, paraba el crono en 3:49.78.

Imágenes del record de la milla logrado por Coghlan en 1983

Catorce años después, nadie había logrado correr más rápido una milla bajo techo. Pero ya llegaba el momento de que eso ocurriera. El Gerrouj estaba decidido a lograrlo ante los atentos ojos de los aficionados que llenaban las gradas del pabellón de exposiciones de Flandes. El marroquí aguantaba sin pestañear el altísimo ritmo de las liebres, que se excedían incluso en su cometido y marcaban un ritmo más rápido del inicialmente previsto. Y cuando se quedaba sólo al frente de la carrera, con el aire como único enemigo para tratar de ralentizar su frenético avance, volvía a volar sobre las cerradas curvas y las cortas rectas del óvalo belga como lo había hecho unos días antes en el tartán germano. El resultado era un crono de 3:48.45 que rebajaba en casi segundo y medio el record de Coghlan. Dos de dos para El Gerrouj en apenas diez días. Un doblete que le convertía en el rey del medio fondo en pista cubierta y anunciaba lo que estaba por llegar en las competiciones de aire libre, donde además de dos oros olímpicos y cuatro mundiales, conseguiría, en el verano de 1999, otros tres records que también siguen vigentes: el fabuloso 3:26.00 de 1500, el igualmente alucinante 3:43.13 de la milla y el menos conocido, por lo no tan usual de la distancia, 4:44.79 en los dos mil metros.

Imágenes de varios de los records de El Guerrouj

De todas esas plusmarcas, la de la milla indoor estuvo el pasado sábado 9 de febrero lo más cerca que puede estar un record de ser batido. Ocurrió en la edición número 112 de esos ‘Milrosse Games’ que ahora tienen como sede la coqueta instalación de ‘The Armory’ en la zona norte de Manhattan. Lejos del bullicio del centro de la ciudad, su pequeño tamaño permite recuperar en cierta medida el calor del público que el grandioso nuevo ‘Madison’ ya no puede ofrecer. Y al igual que siempre, la carrera de la milla, la ‘Wanamaker mile’, sigue siendo la prueba reina; la carrera que todos los atletas quieren ganar y todos los aficionados quieren ver. En la de este año, además, la atención era extra porque el etíope Yomif Kejelcha llegaba a Nueva York decidido a conseguir lo que su ilustre compatriota Gebrselassie no pudo lograr en aquel fantástico 1500 de Stuttgart más de veinte años antes: superar a El Gerrouj. En su caso, era una batalla en la infranqueable distancia que supone el paso del tiempo. Ese tipo de batalla a la que se enfrenta siempre el atleta que quiere batir un record en una carrera en la que se sabe superior al resto de competidores. Algo así como perseguir a un fantasma, a un corredor invisible de cuya hazaña, producida antes incluso de que é naciera, sólo tiene referencias en forma de registros parciales que conseguir. Una lucha solitaria contra el crono que, para el espectador, significa cambiar por completo la percepción de quien ve deporte atraído, sobre todo, por la incertidumbre de saber quien será ganador. Los aficionados que llenaron el sábado las tribunas de ‘The Armory’ sabían que la victoria no se le iba a escapar a Yomif Kejelcha. El etíope tampoco tenía duda alguna al respecto. Su objetivo era otro, más elevado que un triunfo parcial. Su meta era correr más rápido una milla en pista cubierta de lo que nadie lo había hecho hasta entonces.

Y lo intentó, vaya si lo intentó. Pero el cronómetro fue cruel. Nada más cruzar la meta sus ojos, y los de todos los que asistieron a la carrera, se dirigieron de inmediato a la pantalla de tiempos para ver los dígitos de los minutos pararse en el 3, como no podía ser de otra forma hoy día, cuando las millas ‘sub4’ ya no son noticia. Los de los segundos se detuvieron en 48, la misma cifra del record de El Guerrouj. Y el primer número de las centésimas también fue el mismo que en el registro del marroquí, un 4. Pero tras él apareció un 6 que, para el valiente atleta etíope, convirtió en derrota la victoria, en decepción la milla más rápida de su vida. Por una sola centésima de segundo el record de El Guerrouj sigue imbatido. Kejelcha jura que lo volverá a intentar. Antes o después, alguien lo conseguirá. Pero, por el momento, habrá que seguir aguardando a que alguien corra una milla, o un 1500, más rápido que El Gerrouj, sea bajo techo o al aire libre. ¡Y ya van dos décadas de espera!

Audio del programa
PATROCINADORES: 

DEJA TU COMENTARIO: