LLUVIA DE SORPRESAS

Campeonato del Mundo de Atletismo – Londres 2017: Jornada 6

El ‘Brittish weather’ no podía faltar a la cita de los mundiales de atletismo en Londres. La lluvia ya había hecho una breve visita en la jornada matinal del sábado y decidió volver para la sesión vespertina del miércoles, que se disputó prácticamente por completo con agua cayendo del cielo y pista desde mojada a directamente encharcada. Y, cómo suele ocurrir en otras competiciones muy amadas por los británicos, las del motor, en las que la aparición del líquido elemento acostumbra a propiciar resultados impredecibles, el sexto día del campeonato nos dejó un buen número de sorpresas, aunque no fuese precisamente la lluvia su causante.

La primera sorpresa, en el sentido de acontecimiento inesperado, fue la reaparición de Makwala después de su muy lamentada ausencia en la final del 400, consecuencia directa de no haberse podido presentar el día anterior en las series del 200 a causa del ya famoso virus intestinal que ha afectado a varios de los atletas presentes en Londres. Una vez superadas las 48 horas de cuarentena prescritas por los servicios médicos de la IAAF, se le permitió volver a competir, probablemente para acallar en lo posible todo el revuelo que levantó su caso y la decepción que supuso su no participación en la carrera de la víspera, lo que nos privó, cómo mínimo, de ver cuanto más tendría que haber corrido Van Niekerk para ganar igualmente la medalla de oro. Y digo ‘cómo mínimo’ porque lo demostrado por uno y otro en la lluviosa noche del miércoles hace crecer la duda de hasta dónde habría podido llegar Makwala en esa final del 400.

Pero, cómo se suele decir, y más tras un día de tanta lluvia, eso ya es agua pasada. Lo que cuenta ahora es qué nos deparará la final del 200 con los dos en la línea de salida. Eso sí, la forma de llegar a ella no ha podido ser más diferente para ambos. A Makwala le había eliminado ese virus que no le dejó competir en las series. Pero la inusual decisión de ofrecerle una segunda oportunidad en las horas previas a las semifinales propició el más que sorprendente arranque de la jornada del miércoles. Al atleta de Bostwana se le dio la opción de correr una serie extra, compuesta por un único atleta, él mismo, en la que si terminaba por debajo del tiempo logrado por el último de los clasificados para las semifinales obtendría el paso a la siguiente ronda, prevista para un par de horas más tarde. Así que, minutos antes de que se iniciase el programa previsto para el sexto día de competición, Makwala saltó a la pista, se situó en la calle 7 de una pista encharcada ya por la insistente lluvia, y se dispuso a protagonizar la que será, sin duda, una de las imágenes que perdurarán de estos campeonatos. Enrabietado tras no haber podido pelear por el oro en el 400, y arropado por todo un estadio que le había echado de menos el día anterior y lo recibía con los brazos abiertos, el atleta de Botswana representaba la lucha solitaria contra la injusticia, sea esta lo inoportuno del virus que le afectó unos días antes o la estricta aplicación de las normas médicas que no le dejó competir cuando él ya se sentía en condiciones. Era la imagen del héroe que lucha contra todo y contra todos, contra los elementos, contra la autoridad. El chaparrón que caía sobre Londres añadía más épica al reto y más estética a las imágenes. Y Makwala no defraudaba. A falta de más rivales corría contra el crono, lo batía con claridad y, para añadir un toque no sé si provocador, irónico o simplemente festivo a su inesperado regreso, hacía varias flexiones nada más cruzar la meta y comprobar que había conseguido el registro que necesitaba para seguir en competición.

Dos horas después, en la primera de las tres semifinales, al de Bostwana le tocaba encontrar acomodo en la menos deseada de las calles, especialmente cuando la pista está tan mojada, la 1. Pero ni eso ni el esfuerzo previo eran impedimento para el nuevo héroe del estadio. Makwala cruzaba la meta a apenas un par de centésimas del estadounidense Young y ambos se aseguraban los dos primeros billetes para la final del día siguiente. Una final a la que Van Niekerk accedía de modo mucho menos convincente, por tiempos tras ser tercero en la última semifinal, la más dura de las tres, en la que el sudafricano sufría para acabar por delante del francés Lemaitre, siendo ambos claramente superados por el turco Guliyev y el estadounidense Webb.

Visto lo visto en estas tres lluviosas carreras del miércoles, Van Niekerk no asusta tanto en el 200… ¡de hecho el susto se lo llevó él estando a punto de caer eliminado! La sensación de cansancio que dejó el sudafricano, la fortaleza mostrada por Young, Guliyev o el trinitense Richards, y, sobre todo, el sensacional retorno de Makwala, auguran una final apasionante.

En las semifinales del 5000 masculino, que se disputaron a continuación, el gran favorito tampoco cruzó la meta en por delante de todos. Pero, aunque ver a Farah ocupar una plaza que no sea la primera siempre es sorpresa, en su caso se trató de una derrota intrascendente. El británico controló en todo momento la situación y se limitó a asegurarse el puesto en la final, sin preocuparse lo más mínimo por ser segundo para variar. Todo apunta a que en los cinco kilómetros será aun más imposible batirle que en los diez. Cualquier otro resultado sería una sorpresa mayúscula.

Y hablando de sorpresas, en el sentido de resultados imprevisibles, tal vez la mayor en lo que va de campeonato sea la victoria de Karsten Warholm en la final de los 400 metros vallas. El jovencísimo noruego ya había dejado muestras de su calidad y su desparpajo juvenil ganándose el pase a la final a base de salir a correr siempre a tope, afrontando cada carrera cómo si no hubiese un mañana. Algo especialmente arriesgado en una prueba tan dura cómo la de la vuelta a la pista con vallas de por medio. Así que pensar en su triunfo en una final que incluía entre sus participantes a toda una institución de la especialidad como el estadounidense Kerron Clement, o a un atleta del talento y la calidad del cubano nacionalizado turco Yasmani Copello, era de lo más improbable, por mucho que, personalmente, nos apeteciese. El rubio Warholm, enfundando en esa camiseta de diseño estilo retro que utilizan los noruegos (blanca atravesada por líneas transversales rojas y azules, al más puro estilo de la vestida por el legendario Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín), se nos antojaba la viva imagen de un atleta de otros tiempos. Algo así cómo la versión moderna del personaje que interpretó Nigel Harvers en ‘Carros de fuego’. Ese vallista británico, joven y aristócrata, que compite por placer, siempre con una sonrisa en su rostro, y acaba logrando una medalla de bronce con la que termina más que satisfecho.

Pero Warholm no se conformaba ‘sólo’ con una medalla de bronce. O tal vez ni siquiera pensaba en ello, simplemente en correr a tope, hasta dónde pudiese aguantar, y después ya se vería cual era el resultado. Sea cómo fuese, el noruego partía en pos de la primera valla con el mismo ímpetu que el tópico asocia a sus antepasados vikingos, cuando se lanzaban al asalto de cualquier remota aldea costera en la que desembarcaban dispuestos a arrasar a sangre y fuego. Era el primero en pasarla, y también llegaba antes que ninguno a la segunda, y a la tercera, y a la cuarta… y seguía siendo el primero al otro lado de cada obstáculo cuando ya sólo quedaban los dos últimos, los de la recta final, los que, aun siendo igual de altos que todas los anteriores, parecen medir unos cuantos centímetros más por tener que afrontarse cuando las energías ya son escasas y la fatiga se acerca al límite.

¿Resistiría en cabeza o se vería alcanzado por el potente y veterano Klement, por el rápido y estilista Copello, incluso por el espigado y sorprendente Samba? El qatarí con nombre de baile brasileño, que competía con el inusual añadido a su vestimenta de una gorra, parecía el que llegaba con más reservas al agónico final… pero se desequilibraba en la última valla y perdía toda opción. ¡Un rival menos para el noruego! Pero aun quedaban dos, los más peligrosos. El campeón olímpico se acercaba al joven vestido cómo su ilustre antecesor de los Juegos de Berlín pero no llegaba a alcanzarle. El turco nacido en Cuba terminaba con más fuerza que ninguno de ellos pero tampoco lograba dar caza al irreverente nórdico. Para Klement era el bronce, para Copello la plata… ¡para Warholm el oro!

Agotado por el esfuerzo, incrédulo ante lo que había logrado, feliz, inmensamente feliz, su expresión con los ojos desorbitados y las manos en su boca abierta lo decía todo y será otra de las fotos de estos mundiales. Esa y la posterior, en la vuelta de honor, con un casco vikingo sobre su cabeza que, dada su juvenil expresión, le confería más aspecto de alegre participante en una alocada despedida de soltero que de fiero guerrero ancestral. Eso sí, en cuanto a arrojo y valor, este veinteañero nórdico no tiene nada que envidiar a sus temibles antepasados venidos del frío.

Pero la lluvia de sorpresas no se había terminado aun con el inesperado desenlace del 400 vallas masculino. Para cerrar la jornada quedaba aun la final del 400 lisos femenino, con la extraordinaria Allyson Felix dispuesta a sumar otra medalla a su inacabable colección de metales. Y si era de oro y por delante de la bahameña Shaunae Miller, que se la había arrebatado con aquel inolvidable ‘piscinazo’ el año pasado en los Juegos de Río, pues mejor que mejor. Cualquier resultado que no fuese el triunfo de una de ellas se podía considerar también una auténtica sorpresa. De las dos, era la de Bahamas la que tomaba la iniciativa y se mantenía en cabeza desde el principio, su esbelta figura avanzando con esa aparente facilidad que proyecta su estilo tan fluido. Corriendo por la calle 7, Shaunae entraba en la recta final en primera posición sin saber cuanta ventaja llevaba sobre Allyson, que trataba de alcanzarla desde la calle 5 pero veía, impotente, cómo los escasos centímetros que la separaban de la primera plaza no se reducían. A cincuenta metros de la llegada todo parecía ya decidido, iba a vencer Miller. Y lo iba a hacer, además, con cierta claridad, sin tener que tirarse en plancha sobre la línea, porque Felix empezaba a ceder. La veterana estadounidense tenía que pensar ya más en conseguir una medalla, aunque fuese de bronce, que en ganar, tal era la doble amenaza que le llegaba por ambos lados, a su derecha, su compatriota Phyllis Francis, a su izquierda la representante de Bahrein Salwa Eid Naser.

Entonces, cuando apenas restaban una treintena de metros, el cuerpo de Miller decía basta. La bahameña, con gesto de intenso dolor, ralentizaba hasta casi detenerse y era superada en tromba por sus tres perseguidoras que, de repente, luchaban por el oro. Y entre ellas era Francis la que lo iba a ganar mientras Felix tenía que conformarse con que su decimocuarta medalla en un mundial fuese de bronce. La plata, conseguida sobre la misma línea de meta, era para la nigeriana de nacimiento y bareiní de adopción Eid Naser. Una joven que saltó a la fama hace un par de años, cuando se proclamó campeona del mundo junior en Cali. Pero su popularidad más allá de los círculos atléticos no se debió, en realidad, a su éxito en la pista, si no, más bien, al hecho de que lo consiguiese con el yihab musulmán en su cabeza, recogiendo pudorosamente todo su cabello, y su cuerpo cubierto por completo, sin mostrar apenas más centímetros de piel que los de su rostro y los dedos de sus dos manos. Dos años después, la joven de padre árabe y madre africana muestra una imagen muy diferente, con el atuendo atlético habitual en la mayoría de competidores (camiseta sin mangas y pantalón corto) que deja al aire sus brazos y piernas. Y, sobre todo, por ser lo más simbólico en estos casos, no sólo muestra su pelo, sin yihab alguno que lo cubra, si no que lo lleva, además, teñido de un vistoso rubio. Así que, a partir de ahora, esperamos que se hable de ella sólo por sus hazañas atléticas… que, visto lo visto en Londres, pueden ser muchas, no en vano ya es subcampeona del mundo y aun no ha cumplido los veinte años.

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