EL ATLETA ARISTÓCRATA
DE CARROS DE FUEGO

Una historia basada en hechos reales, protagonizada por dos personajes antagónicos y carismáticos, acompañada de una excelente banda sonora y con una ambientación soberbia. Todo eso tiene ‘Carros de Fuego’, probablemente la película más famosa sobre atletismo y, además, el film de argumento deportivo más galardonado en la historia de los Oscars. Cuatro estatuillas, entre ellas la más importante, la de mejor película, logró en 1982 la cinta que recrea las trayectorias hasta la gloria olímpica de dos atletas británicos de principios del siglo XX, Eric Lidell y Harold Abrahams.

TRAILER DE CARROS DE FUEGO

Magníficamente interpretados por Ian Charleson y Ben Cross, los dos se reparten el protagonismo a lo largo de las dos horas de duración del largometraje. Cada uno con su marcada y muy diferente personalidad, los dos con el mismo objetivo, triunfar en los Juegos Olímpicos que se van a celebrar en Paris en el año de 1924. Lidell es el clásico ejemplo de atleta con talento natural. Un don divino que alguien tan religioso como el escocés no puede desaprovechar. ‘Díos me ha hecho rápido por algo…’, llega a decir el personaje en uno de los diálogos, cuando decide hacer honor a ese regalo de la providencia y antepone, por un tiempo, el deporte a su labor pastoral con el objetivo de perseguir el sueño del oro en las pruebas de velocidad atléticas. Abrahams también cuenta con una clase innata para la carrera, pero está lleno de dudas y, acuciado por su origen judío y la displicencia con la que se siente tratado por la alta sociedad británica de la época, necesita demostrar una y otra vez que es el mejor, el más rápido… aunque para ello tenga que saltarse las normas y recurrir a un entrenador profesional en un mundo tan amateur cómo era el del deporte de entonces.

Ambos acabarán consiguiendo triunfar, Lidell en los 400 metros, Abrahams en los 100, tal y como lograron en la vida real. Eso sí, la película se toma alguna que otra licencia en su guión para llegar al mismo desenlace que tuvieron sus victoriosas carreras sobre la pista de ceniza del estadio de Colombes parisino, magníficamente recreado en el film, del que se convierte en escenario principal durante su última parte. Antes, la extraordinaria ambientación y el cuidado de los detalles con que está hecha la película nos ha llevado desde una carrera popular en la Escocía rural a un mitin atlético en Londres, en el que ahora es el estadio del Chelsea, pasando por los muy diferentes modos de entrenar de Lidell y Abrahams: el escocés corriendo libre por los verdes prados de las tierras altas, el inglés machacándose en los caminos y las pistas a las órdenes de Sam Mussabini, a quien da vida el veterano y siempre solvente Iam Holm.

El del entrenador de origen italiano es uno de los interesantes personajes secundarios que acompañan a los dos protagonistas en su camino al éxito olímpico. Y otro de ellos es el de Lord Andrew Lindsay, amigo de Abrahams en la universidad de Cambridge y también atleta, aunque en su caso más especialista en las vallas que en las pruebas de velocidad. El joven aristócrata está interpretado a la perfección por Nigel Havers, un actor británico con orígenes en la nobleza, lo que resulta de lo más apropiado para su papel. Un personaje que acaba siendo el que, personalmente, me resulta más simpático por su despreocupada forma de ser. Un tipo alegre y optimista, el clásico 'sportsman' de la época, que contrasta con el a veces obsesivo y en ocasiones arrogante Abrahams, y con el un tanto místico y algo tozudo Lidell. Obviamente, Lindsay lo tiene más fácil en la sociedad inglesa de los años veinte del siglo pasado. Para él, la competición deportiva no deja de ser un agradable pasatiempo más, al que se entrega con entusiasmo pero sin que de ello vaya a depender ni su futuro, ni su status o reconocimiento social.

La película comienza con un ya anciano Lindsay recitando el panegírico de Abrahams, lo que da paso a la escena inicial, sin duda la más famosa, en la que se le ve correr sonriente sobre la arena de la playa junto a sus compañeros del equipo británico que acudirá a los Juegos de París mientras, de fondo, suena el inolvidable tema musical compuesto por Vangelis con el que todos identificamos la película nada más oír sus primeras notas.

ESCENA INICIAL DE CARROS DE FUEGO

Más adelante en la historia, Lindsay se presenta a última hora para apuntarse al reto de recorrer el patio central del Trinity Collage antes de que suenen las doce campanadas del reloj de la torre. Un desafío que iba a afrontar Abrahams en solitario, ante la atenta y algo desdeñosa mirada de las autoridades académicas, encarnadas por dos grandes de la escena inglesa, Sir John Gielgud y Lindsay Anderson. Y aunque el joven aristócrata, que llega fumando un cigarro y con una botella de champán en la mano, toma por momentos la delantera, es Abrahams el que logra llegar el primero, justo cuando so oye el tañido de campana final.

ESCENA DE LA CARRERA EN EL PATIO DEL TRINITY COLLEGE

Después, en plena preparación olímpica, el joven Lord aparece en pantalla entrenándose en los jardines de su mansión familiar, ajustando el paso de las vallas con la curiosa técnica de ordenar a su mayordomo la colocación de una copa de champán sobre cada una y vigilar que no se derrame ni la más mínima gota por el efecto de golpearlas en el salto.

ESCENA DEL ENTRENAMIENTO DE LORD LINDSAY

Ya en París, Andrew Lindsay participa con alegría en el desfile de la delegación británica, queda más que satisfecho con la medalla de plata que logra en la prueba de los 400 metros vallas y resulta decisivo para que Lidell pueda competir pese a que el calendario de los Juegos le haría correr los 100 metros en domingo, lo que va en contra de sus convicciones religiosas. El pastor escocés se muestra inflexible al respecto y la prueba del hectómetro se celebra sin él, y con victoria de Abrahams, pero la intervención del joven Lord, que le cede su plaza en la de los 400, salva la situación y le permite acabar logrando su sueño de ganar una medalla de oro, para alegría de Andrew y el resto de personajes que han tenido un papel más o menos destacado en la trama.

ESCENA DE LA FINAL DE LOS 100 METROS
ESCENA DE LA FINAL DE LOS 400 METROS

Y, sin embargo, aunque todo esto funciona a las mil maravillas en la película, no es cierto en su mayor parte… ¡empezando porque Lord Andrew Lindsay nunca existió! Quien si existió por aquellos años de los que trata ‘Carros de Fuego’ fue un atleta británico, de noble estirpe y especialista en las pruebas de vallas, llamado David George Bromlow Cecil, más conocido en la época cómo David Cecil, David Burghley o Lord Burghley, antes de convertirse, años después, en el sexto Marqués de Exeter.

David si compitió en los Juegos Olímpicos de París, pero no logró alcanzar la final de los 110 metros vallas, cayendo eliminado en los cuartos de final. Tuvo que esperar a los siguientes, los celebrados en Ámsterdam en 1928 para lograr una medalla, que además fue la de oro, en la prueba de los 400 metros vallas. Un triunfo de especial significado, además, ya que le convirtió en el primer atleta no estadounidense que se imponía en la carrera de las vallas bajas, dominada siempre por los norteamericanos hasta entonces… y también casi siempre después, no en vano la han ganado en veinte de las veintiséis ocasiones que se ha disputado a lo largo de la historia.


Y, cómo en la película, antes de su hazaña olímpica, Lord Burghley desafió las campanadas del Trinity College corriendo por las resbaladizas losas de piedra de su patio principal… pero lo hizo en solitario y consiguió completar las 401 yardas del recorrido en los aproximadamente 43 segundos que tardaron en sonar doce veces las campanas de la torre. De hecho, qué en el guión del film se le atribuyera ese logro a Abrahams, que nunca lo intentó siquiera, y se hiciese, además, poniéndole a él en segundo lugar, resultó de lo más decepcionante para el ya entonces septuagenario Marqués de Exeter. Por esa razón, no permitió el uso de su nombre en ‘Carros de Fuego’ y los guionistas decidieron entonces mantener el personaje basado en él pero llamarlo Lord Lindsay.

Cuando se rodó la película, a principios de los años ochenta, nadie había vuelto a ser capaz de repetir tal carrera. Y ni siquiera lo conseguirían Sebastien Coe y Steve Cram cuando lo intentaron a finales de la década, en el 1988. Coe, vestido a la usanza de los años 20, superó a Cram, ataviado al estilo moderno, pero alcanzó la llegada en 46 segundos, alrededor de un segundo y medio después del último toque de campana, que se produjo aquel día a los 44.4 segundos del primero. Hubo que esperar casi veinte años más, hasta el 2007, para que alguien completara el recorrido del patio del Trinity en menos tiempo del que había invertido Lord Burghley en 1927. Lo consiguió San Dobin con un crono de 42.7… pero corriendo por el empedrado situado en el interior del camino de losas, por lo que, en realidad, la distancia fue algo menor que la cubierta por su ilustre antecesor en la carrera que la película recrea sobre el patio del colegio de Eton, en otra de esas ‘licencias’ que se permite el cine. Esta obligada también por temas de permisos, al no autorizar la dirección del Trinity que se filmara en sus instalaciones.

VÍDEO DE LA CARRERA DE COE Y CRAM EN EL PATIO DEL TRINITY COLLEGE EN 1988

El que sí es un escenario real, en cambio, es el de la mansión en cuyos jardines entrena el personaje de Lord Lindsay, ya que se trata de la espectacular ‘Burghley House’, la casa familiar de los Cecil desde los tiempos del iniciador de la estirpe, Sir William, primer marqués de Exeter y asesor personal de la reina Isabel I allá por el siglo XVI. Y en esos mismos jardines si que se entrenó, en sus tiempos de atleta, el Cecil del siglo XX, utilizando también una técnica muy particular para ajustar el paso de las vallas. Pero, según contó años después su hija cuando le preguntaron al respecto tras al estreno de la película, su padre nunca había usado como ayuda las copas de champán que se muestran en la cinta, si no unas cajas de cerillas vacías, que situaba sobre cada obstáculo con el objetivo de derribarlas con la pierna de ataque sin tocar el listón.

Unos entrenamientos que dieron sus frutos en los Juegos de Ámsterdam, con la ya comentada medalla de oro que logró David Cecil por delante de los favoritos americanos en la prueba de los 400 metros vallas. Pero estos se vengaron cuatro años después, en los de Los Ángeles del 1932, dónde el británico se tuvo que conformar con la cuarta plaza. Tampoco puso subir al podio en los 110 metros vallas, cuya final concluyó en la quinta posición, aunque si añadió un metal más al oro de Amsterdam, la medalla de plata en el relevo largo. Lord Burghley corrió la tercera posta para el equipo del Reino Unido, que cruzó la meta en segundo lugar, a algo más de tres segundos del inalcanzable cuarteto local, que se impuso estableciendo un nuevo record del mundo para el 4x400.

Esas serían las últimas proezas atléticas del joven Cecil, que ya el año anterior, continuando la tradición familiar, había iniciado su carrera política, siendo elegido miembro del parlamento en 1931. Al año siguiente de sus últimos Juegos como deportista, Lord Burghley pasaba a formar parte del movimiento olímpico desde el otro lado de la barrera, al entrar en el Comité Olímpico Internacional. Tres años más tarde, en 1936, era elegido presidente de la ‘Amateur Athletic Association’, la federación de atletismo británica. Y aunque durante la segunda guerra mundial el deporte quedaba, lógicamente, en un segundo plano, y más en su caso con el nombramiento como gobernador de las Islas Bermudas, en uno de los lejanos confines de lo que aun quedaba del Imperio Británico, una vez acababa la contienda volvía a involucrarse de lleno en la política deportiva al alcanzar el cargo de Presidente de la IAAF en 1946 y ser, además, la cabeza visible del Comité Organizador de los primeros Juegos Olímpicos de la posguerra, los celebrados en Londres en 1948.

Veinte años después, siendo aun Presidente de la IAAF y ya también el sexto Marqués de Exeter (título heredado tras la muerte de su padre en 1956), David Cecil tuvo una última aparición olímpica en la que, al igual que él personaje inspirado en él de ‘Carros de Fuego’, le tocó un papel secundario. En este caso los principales protagonistas de la escena fueron los velocistas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos, ganadores del oro y el bronce en la final de los 200 metros de los Juegos de México en 1968. Al veterano político británico le tocaba hacer la entrega de medallas en esta prueba, en la que se produjo la famosa reivindicación, puño enguantando en negro en todo lo alto, de los dos atletas mientras suena el himno de los Estados Unidos. Una escena que dio la vuelta al mundo y en la que aparece Lord Burghley, ataviado con una chaqueta roja y poniendo a mal tiempo buena cara, en la más típica tradición de la imperturbabilidad británica, que llevó incluso más allá cuando fue preguntado posteriormente si no se había dado cuenta de la presencia de los guantes negros y contestó: ‘pensé que se habían lesionado la mano’.

Y hablando de lesiones, años antes las caderas de David Cecil habían acabado resintiéndose de su actividad atlética, lo que hizo necesario implantarle, en 1957, una prótesis de cadera. Diez años después, cuando esta hubo de ser reemplazada por el desgaste de su uso, el Marqués de Exeter mandó bañarla en plata, añadirle el escudo familiar y situarla como emblema en su Rolls Royce, en lugar de la famosa estatuilla del Espíritu del Éxtasis que adorna habitualmente el frontal de los lujosos coches británicos. Un detalle de la típica excentricidad asociada a esa nobleza del antiguo Imperio, de la que fue uno de los últimos representantes y que tan bien dejaba entrever el personaje en él inspirado que aparece en ‘Carros de Fuego’. La próxima vez que veáis la película fijaos en Lord Andrew Lindsay, si es que no lo habéis hecho ya. Aunque no llegase a ser Campeón Olímpico en los juegos de París, como Lidell y Abrahams, su historia… o, más bien, la historia real de David Cecil-Lord Burghley-6º Marqués de Exeter, bien merecería también ser objeto de un largometraje. Y aunque es improbable que alguna vez se haga, al menos su alter ego cinematográfico, el actor Nigel Havers, sí que es el protagonista de un magnífico documental (producido en el 2012 por la ITV) en el que se cuenta la historia real de los campeones olímpicos británicos en aquellos Juegos de Paris en 1924 a los que tan magníficamente nos traslada la sensacional ‘opera prima’ de Hugh Hudson. Todo un clásico que uno no se cansa de ver una y otra vez, especialmente si, cómo es mi caso, te gusta tanto o más el cine que el deporte.

THE REAL CHARIOTS OF FIRE

documental de la ITV sobre la verdadera historia de Abrahams y Lidell presentado por Nigel Havers

MÁS INFORMACIÓN:

Obscure Olympians 7: David Cecil – artículo de Paul Saffer sobre David Cecil

Lord Burghley, an Olympian Career – exposición sobre la carrera deportiva de Lord Burghley que se puede visitar en la mansión familiar

Burghley House in Lincolnshire and the Olympic Games – artículo de Juliet Rix sobre Burghley House y su relación con las olimpiadas en la web de información turística 'Discover Britain'

EL DESAFÍO DE LAS 12 CAMPANADAS – artículo de Pedro Delgado Fernández sobre la carrera del patio del Trinity College

"Chariots of Fire" making-of – documental sobre cómo se hizo Carros de fuego

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